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so weird

Devo cumplir mi ronda

Carlos, un humilde obrero, había quedado sin empleo meses atrás y se encontraba absolutamente desesperado por conseguir uno nuevo. Su familia moría literalmente de hambre.
Ese día Carlos creyó que iba a ser el más feliz de su vida, que por fin sus problemas se resolverían... lamentablemente aconteció todo lo contrario.
Una empresa de vigilancia había llamado a Carlos para que hiciera unas rondas nocturnas en una popular urbanización. Él aceptó con lágrimas en los ojos, lágrimas de felicidad. Hizo planes durante toda el día, acerca de su vida y la de su familia. Por fin esperó pacientemente la noche.
La noche de su primer –y único- turno era fría, una espesa niebla cubría las calles, y un extraño y casi imperceptible sonido similar a un lamento inquietaba a Carlos, en especial cuando su ronda iba a dar al segundo parque de la urbanización. En aquel parque lleno de grandes árboles la luz de la luna se hacía prácticamente impenetrable, además sólo funcionaban algunas lámparas. Allí, los lamentos se hacían más fuertes.
Era la tercera vez que Carlos pasaba por el parque en sus rondas y el quejido se hizo fuerte, era una especie de llanto reprimido. Una ráfaga de viento atravesó el parque y Carlos sintió que su despavorida alma deseaba escapar de su cuerpo. Sin embargo cerró fuertemente los ojos y respiró profundamente. El tiempo parecía detenerse, Carlos pensó en su familia y entonces corrió tan rápido como pudo.
Dos cuadras más adelante Carlos se detuvo, hizo el intento de irse lo más pronto para su casa, con su familia, pero... perdería su trabajo.
Lloró amargamente y descansó. Su última ronda era a las 3 am.
El tiempo avanzó lentamente.
El reloj marcaba las 3 de la madrugada, Carlos no paraba de temblar, una furtiva lágrima rodó por su rostro y levantándose de la
Silla fue en camino hacia su última ronda... la última.
Anduvo a lo largo de oscuras calles, despacio muy despacio, esperando el momento en que apareciera aquel lejano quejido... de repente un murmullo se apoderó de su cabeza y retumbaba un quejumbroso eco en el espacio. Carlos había llegado al parque.
Se encomendó a la virgen y empezó a caminar, hasta que súbitamente se detuvo. Un pequeño niño de piel trigueña y aproximadamente 6 años se acercaba a él con las manos en el rostro.
- ¡Niño!...¡Niño!- repitió Carlos.
El niño destapó su rostro dando a la luz una tez pálida y saltones ojos de párpados caídos que reflejaban un cuerpo o un alma cansada, y dijo a Carlos:
- Señor, acompáñeme a mi casa, está al otro lado del parque.
Carlos sintió desfallecer, no podía correr... no podía moverse. No pudo hacer nada.
El niño lo tomó de la mano y atravesó el parque junto a Carlos, quien parecía no pertenecer ya a este mundo.

Al día siguiente encontraron a Carlos de pie, a la salida del parque, tenía los ojos enfocados en su mano derecha que estaba empuñada como agarrando algo. Él sólo murmuraba una y otra vez... “debo llevarlo a casa, al otro lado del parque, al otro lado del parque, al otro lado del parque”.
Ahora él está internado en un psiquiátrico. Cuenta su historia sin parar... y al terminar dice “debo cumplir mi ronda”, se levanta y se va caminando de la misma forma como lo hallaron a la salida del parque la noche de su última ronda.

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